MORISCOS Y MUDÉJARES.
La convivencia de cristianos, judíos y musulmanes en la Península durante la Edad Media es una de las particularidades históricas de España. La escasa población cristiana obligó a la permanencia de la población musulmana en los territorios reconquistados. Se ubicaron tanto en zonas urbanas (morerías) como en rurales (siervos de señorío).
La diversidad social y religiosa acabó generando dos ejemplos significativos, a saber, los mudéjares y los moriscos. Los primeros eran musulmanes bajo dominio cristiano; los segundos, antiguos musulmanes convertidos al Cristianismo.
Mudéjares
Eran musulmanes sometidos al dominio cristiano tras el avance de la reconquista. El término significa vasallo, lo que indica su sometimiento (siervos de señorío).
Los mudéjares conservaron su religión, lengua, costumbres, cultura, bienes muebles y derecho privativo. Se organizaron en aljamas bajo protección real. Fueros en su mayoría artesanos y constructores. De especial relevancia resultó su presencia en la Corona de Aragón (en Zaragoza se les obligó a trasladarse a los extramuros, a las morerías).
Por encima de episodios aislados, destacó su coexistencia pacífica con los cristianos, a pesar de estar sometidos a una mayor presión fiscal y a cierta segregación social. Esta situación cambió a medida que la tolerancia religiosa fue disminuyendo, especialmente tras la conquista de Granada en 1492.
El contacto de la cultura islámica y cristiana originó en materia artística un nuevo estilo arquitectónico particular, el Arte Mudéjar. Éste se caracterizó por una riquísima y colorida decoración exterior y por el uso de materiales pobres (ladrillo, yeso, barro vidriado). Para las techumbres se reservó la madera (ricos artesonados). El arte mudéjar acabaría adaptándose a las tendencias artísticas cristianas del momento: hasta el siglo XII en Castilla se adoptaron pautas propias del Románico; y en los siglos XIII y XIV en Aragón, Valencia, Castilla y Andalucía, influencias góticas, nazarís y almohades. Sería este último, el arte gótico-mudéjar, el que alcanzase una enorme relevancia en Aragón, con el uso de cerámica esmaltada, presente en las catedrales de La Seo de Zaragoza, Teruel, Tarazona y en las iglesias turolenses de San Martín y San Salvador.
Moriscos (cristianos nuevos).
Se denominó moriscos a los musulmanes convertidos al Cristianismo, tanto de forma voluntaria como forzosa, tras las pragmáticas de los Reyes Católicos de 1502 (Castilla) y de Carlos I de 1526 (Aragón).
El bautismo de estos antiguos musulmanes no mejoró su antigua condición de mudéjar. El nuevo convertido continuó siendo una minoría marginada. En general, mantuvieron sus costumbres, incluso llegaron a profesar de forma velada su antigua religión, lo que llevó a la Iglesia a considerarlos falsos cristianos y como tales serían perseguidos por la Inquisición.
Contexto histórico.
Debido al carácter forzoso de muchas de las conversiones es difícil establecer la línea que separaba a mudéjares y moriscos. Pese a que la Capitulación de Granada de 1492 preveía el respeto al Islam, el arzobispo de Toledo, Cisneros, inició en 1499 una política de conversión forzosa.
En 1502, tras la primera sublevación de Las Alpujarras, se ordenó la conversión de los mudéjares que pretendieran permanecer en la Península.
La política religiosa de los Reyes Católicos supuso una ruptura respecto a la convivencia anterior. En 1492 los judíos debían convertirse o salir del país. De forma paralela, se prohibía el uso de la lengua y costumbres islámicas, así como se extendía la acusación hacia ellos de ser aliados de los piratas berberiscos y turcos que atacaban las costas cristianas.
Carlos I les permitió el mantenimiento de sus instituciones tras su apoyo en Las Comunidades, pero Felipe II prohibió el uso de la lengua y trajes árabes, motivo de la sublevación morisca de las Alpujarras de 1568.
Tanto mudéjares, como posteriormente moriscos, fueron objeto del desprecio de gran parte de los cristianos viejos. El temor a una nueva sublevación, la desconfianza de la Iglesia respecto a su sincera conversión o lealtad religiosa y el odio popular que despertaron fueron algunos de los factores que acabaron por impulsar el Decreto de expulsión de 1609, por parte de Felipe III y el duque de Lerma.
La expulsión de los moriscos a principios del siglo XVII afectó muy especialmente a la economía de la Corona de Aragón, puesto que constituían el 20% de la población. De singular gravedad resultó en los reinos de Valencia y Aragón. El abandono del cultivo de grandes extensiones de tierra provocó en Valencia una grave crisis de subsistencia. Alrededor de 300.000 personas abandonaron los dominios hispanos, dirigiéndose la mayoría de ellos hacia el norte de África. En la actualidad, su inigualable huella histórica hace que podamos disfrutar de un legado artístico único en toda Europa.
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